Heidi y el Llamado del Hogar que el Alma Anhela

Sencillez Natural y Profunda

La novela Heidi, de Johanna Spyri, no es una simple historia ‘infantil’, ni un cuento agradable sólo para sentir cosas bonitas. A veces, al acostumbrarnos tanto a la oscuridad y a la cruda realidad del mundo, lo que es muy luminoso puede parecernos superficial, o incluso poco genuino. Es cierto que la trama de Heidi es relativamente sencilla y bonita, pero eso por sí solo no implica que sea una historia ingenua, o sólo para niños.

“Les aseguro que, a menos que ustedes cambien
y se vuelvan como niños,
no entrarán en el Reino de los cielos.”

Mateo 18:3

Es muy curioso que esta famosa novela suiza del siglo XIX, resuena mucho y despierta emociones fuertes en personas y culturas altamente urbanizadas, como por ejemplo en Japón; donde abundan las historias de portales mágicos, que en un instante lleno de magia y colores, nos sacan del ritmo acelerado y ruidoso de la ciudad, para transportarnos a un mundo rural lleno de fantasías y aventuras. Son historias que parecen tocar cierta nostalgia en el fondo de nuestro ser, nostalgia por una infancia en la que quizá la vida era más sencilla.

Suiza es un popular destino turístico para los japoneses, en gran parte gracias a la adaptación anime: Heidi, la niña de los Alpes. 🏔️

Este artículo contiene spoilers de la novela Heidi.

La ciudad de Frankfurt, donde Heidi queda eventualmente atrapada, no es mala como tal, pero sí es un lugar un tanto artificial, y desconectado de ese “algo” tan especial que ella llegó a conocer de forma íntima en la montaña. En contraste, esta casa que recibe a Heidi en la ciudad, tiene un orden impresionante, y muchas ventajas económicas y educativas, pero hay también cierto vacío de una verdadera vida interior.

Y es esa vida interior, es ese aire fresco, a lo que Heidi anhela regresar, para recuperar algo increíblemente valioso que no sabe explicar a los adultos . Este anhelo—este ‘regreso a lo natural’—es algo que muchas personas modernas anhelamos también. Y si nos vamos a lo más profundo y psicológico, es algo que en realidad todos anhelamos, aunque la mayoría del tiempo no sepamos cómo nombrarlo.

Pero ese hogar que tanto anhelan nuestras almas, no está hecho solamente de verdes pastos y bellos atardeceres. No es tampoco una simple regresión infantil para buscar escapar de las responsabilidades complejas del adulto moderno. Lo importante no es qué tan verde esté el pasto, y tampoco es el punto que nuestro trabajo sea ordeñar cabras en lugar de contestar emails. Lo verdaderamente importante, consiste en la esencia de lo que queremos experimentar en ese lugar; es un estar en el lugar correcto, con las personas correctas, perteneciendo y sintiéndonos plenos—corrigiendo ese algo que la corrupción de la “civilización” ha arruinado.

El Misterio del Camino de Luz

Si los Alpes Suizos fueran la verdadera fuente del gozo y felicidad de Heidi, el abuelo (quien también vivía en esos bellos Alpes) no habría vivido tantos años como un gruñón ermitaño y desconfiado. Eso que restauraba a Heidi a través de la naturaleza, no tenía necesariamente el mismo efecto sobre otras personas. Al menos no a través de esos pastos, montañas y aires. Pero ese “algo” que obró dentro de Heidi a través de la naturaleza, comenzó a su vez a usar a Heidi misma, para obrar un cambio que restaurara e infundiera vida en aquellos a su alrededor.

Heidi no predica, ni se pone a darle lecciones morales a todos. Ella vive confiando, amando como puede, y expresando agradecimiento como le es posible en su limitado entendimiento. Como un espejo, ella sólo reflejaba lo que ya sentía estaba recibiendo de las grandes montañas, con sus dulces cabras, y con el abuelo que le regaló un lugar al cual pertenecer. Ella no es una protagonista con superpoderes, sino un simple pero fiel puente de toda esa gracia que recibía. Se conocía millonaria en las riquezas que le rodeaban, y le nacía el querer desear eso también para los demás.

De esa manera inocente, sirve para traer al abuelo de regreso a la luz—poco a poco, viviendo a su lado y empapándose de lo que se movía dentro de ella, hasta culminar de manera poética con la parábola bíblica del hijo pródigo que regresa a casa (el “cuento” favorito de Heidi, y que lee para su abuelo, una vez que ella aprende a leer).

Heidi regresa a su abuelo, pero más que eso, es el abuelo el que regresa a permitirse ser acogido y perdonado por la comunidad de su pueblo. Él no regresa porque lo convencen con argumentos inteligentes o persuasivos. Él regresa por haber recibido un amor inmerecido, aprendiendo en el proceso, a estar dispuesto él también a mostrar gracia hacia los demás.

Heidi tiene una fe pequeña, pero genuina. Una fe poco sofisticada, pero apuntada en la dirección correcta. Y mientras la fe se mantenga firme, y siga ese camino de luz, es seguro que se topará, e irá conociendo más sobre el verdadero dueño de esa luz.

“Oh, Heidi” Exclamó Clara, “Puedo ver tantas estrellas brillantes, y siento como si fuéramos manejando un carruaje directo hacia el cielo.”

“Sí, ¿y sabes por qué las estrellas brillan tan alegres?” preguntó Heidi.

“No, pero dímelo.”

“Porque saben que Dios en los cielos cuida de nosotros los mortales, y no hay por qué temer. ¿Lo ves? Brillan y nos enseñan cómo ser alegres también.”

— Heidi, Johanna Spyri

El que Obra Todo Para Bien si le Aman

Esa fe podrá ser pequeña e inocente, pero no es ingenua o un mero escape de la realidad. Heidi no es ajena a los verdaderos y muy serios sufrimientos de la vida. Sufre cuando ella es separada del lugar que ama, pero sufre también cuando ve la enfermedad y la pérdida en las personas que llega a amar. En la abuela de Pedro, con su ceguera, su pobreza, y sus dolores en los huesos; o con Clara, que no puede siquiera caminar desde la muerte de su madre. Pero es en medio del amargo sufrimiento, que Heidi aprende su lección más importante.

“¿No pensaste hoy, Clara, en la fortuna que es que Dios no siempre nos dé las cosas por las que fervientemente oramos, ya que Él sabe de cosas mucho mejores?”

“¿A qué te refieres, Heidi?” preguntó Clara.

“Verás, cuando estaba en Frankfurt yo oraba y oraba por regresar a casa, y cuando no pude regresar, creí que Él se había olvidado de mí. Pero si yo me hubiera regresado tan pronto, tú nunca hubieras venido aquí, y nunca te hubieras mejorado.”

Clara, pensativa, dijo: “Pero, Heidi, entonces ya no podríamos orar por nada nunca, porque sentiríamos que Él siempre sabrá de algo mejor.” 

“Pero Clara, debemos orar a Dios todos los días para mostrar que no olvidamos que todos los regalos vienen de Él. Abuelita me ha dicho que Dios se olvida de nosotros si nosotros nos olvidamos de Él. Pero si algún deseo no se cumple debemos expresar nuestra confianza en Él, pues Él sabe lo que es mejor.”

“Cómo llegaste a pensar en eso?” preguntó Clara.

“Abuelita me lo dijo, pero sé que es verdad. Debemos agradecer a Dios hoy que te ha hecho capaz de caminar, Clara.”

— Heidi, Johanna Spyri

Heidi reconoce que es Dios el que crea los campos, el aire, el sol, y todo lo que la llena de tanta vida. Y otras personas, como la abuelita de Pedro, reconocen y agradecen que fue Dios el que envió a Heidi a ellos.

Y Heidi también vive de manera directa, el cómo sus experiencias difíciles en la ciudad, sirvieron para un bien mucho mayor, cuando confió en dejar las cosas en manos de su Padre. Incluso consigue amenidades que logran aliviar los dolores físicos de la abuelita de Pedro (comida fresca, sábanas, y una cama nueva), aunque su amenidad favorita, continúa siendo que Heidi la visite para leerle los Salmos. Lecturas que tampoco podría haber hecho Heidi, si no hubiera sido por su estadía “desértica del alma”, en la ciudad de Frankfurt donde aprendió a leer.

Hogar

Sea con el imaginario rural idílico que tanto le gusta a los japoneses, sea con la alegría que pueda traer una pequeña niña a sus abuelos, o quizá con una simple amiga que nos traiga compañía y sonrisas—sea cual sea la causa que traiga luz a nuestro rostro, todos llegamos a sentir a través de ello, el llamado de una verdad más profunda.

El alma reconoce y anhela su hogar, incluso cuando la mente no sabe nombrarlo con exactitud. No es sólo cansancio urbano, nostalgia infantil, o un simple cuento o paisaje lindo. Es un anhelo teleológico (filosofía del propósito), es una memoria rota del Edén del cual caímos—una esperanza del Reino que aún no vemos plenamente.

“Nos hiciste para ti, Señor, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en tí.”
—Confesiones, San Agustín

Ese algo que nos llama, no es sólo un lugar. Es una relación, es un sentir, es una vida, una verdad—que no se puede transmitir, por más palabras o historias que se usen, a menos que la persona se abra a recibirlo en su alma. Heidi escuchó el llamado a través del viento en los árboles, las montañas floreadas, y el imponente vuelo del halcón. Otros escucharon el llamado a través de Heidi. Pero en esta historia todos reconocieron la verdadera fuente de la gloria de esas cosas, cuando escucharon las palabras de las escrituras.

“El viento sopla por donde quiere, y oyes su sonido, pero no sabes de dónde viene ni adónde va. Así es todo aquel que es nacido del Espíritu».”
Juan 3:8

El Verdadero Anhelo

La novela de Heidi no está ahí simplemente para que olvidemos por un rato nuestro sufrimiento, aunque mucha gente pueda usarla de esa manera. Esta historia idílica no niega la realidad para que la escapemos, sino que la ordena—le da un contexto apropiado, y la sitúa apuntando hacia un horizonte donde sí hay luz al final, y donde todas las piezas eventualmente caen en su lugar, aunque no logremos verlas aún.

Estemos de acuerdo o no, con la perspectiva Cristiana que Johanna palpablemente entreteje en su novela, son verdades que la autora conecta de manera muy práctica a situaciones cotidianas con las que todos podemos conectar. Al igual que Heidi, la autora no nos predica desde un pedestal, sino que nos muestra situaciones ficticias pero verdaderas, donde la luz marca una diferencia real sobre la vida de sus personajes. Personajes que podemos entender, y que sufren así como nosotros también sufrimos.

Las películas y series inspiradas en esta novela, desgraciadamente borran bastante el lado cristiano de la historia, seguramente para hacer el producto más palatable a una audiencia general. Pero el llamado de la naturaleza, y de la pertenencia genuina, sigue presente ahí, llamándonos con ese algo misterioso que nos inspira y nos mueve algo por dentro. 

“Cuando mis ojos cansados y tristes estén,
Que Tu amor brille más fuerte aún,
Para que mi alma vagabunda, feliz,
Pueda a salvo regresar a casa.”


Pueda a salvo regresar a casa! exclamó Heidi: “Oh, abuelita, yo sé cómo es el regresar a casa.”

— Heidi, Johanna Spyri

Quizá es por eso que después de tantos años, Heidi sigue siendo una historia clásica que ha tocado a tantas personas. Porque toca un nervio profundo, un anhelo dado por Dios—por pertenecer, por la bondad, por un hogar, y por una vida correctamente ordenada hacia el amor, la creación, y la confianza, donde se nos invita a recordar que el cálido hogar sí existe, y que aún estamos invitados a volver.

Spoiler 👴

“Oh grandfather, now grandmother won’t ever have to eat hard, black bread any more. Oh, everything is so wonderful now! If God Our Father had done immediately what I prayed for, I should have come home at once and could not have brought half as many rolls to grandmother. I should not have been able to read either. Grandmama told me that God would make everything much better than I could ever dream. I shall always pray from now on, the way grandmama taught me. When God does not give me something I pray for, I shall always remember how everything has worked out for the best this time. We’ll pray every day, grandfather, won’t we, for otherwise God might forget us.”

“And if somebody should forget to do it?” murmured the old man.

“Oh, he’ll get on badly, for God will forget him, too. If he is unhappy and wretched, people don’t pity him, for they will say: ‘he went away from God, and now the Lord, who alone can help him, has no pity on him’.”

“Is that true, Heidi? Who told you so?”

“Grandmama explained it all to me.”

After a pause the grandfather said: “Yes, but if it has happened, then there is no help; nobody can come back to the Lord, when God has once forgotten him.”

“But grandfather, everybody can come back to Him; grandmama told me that, and besides there is the beautiful story in my book. Oh, grandfather, you don’t know it yet, and I shall read it to you as soon as we get home.”

The grandfather had brought a big basket with him, in which he carried half the contents of Heidi’s trunk; it had been too large to be conveyed up the steep ascent. Arriving at the hut and setting down his load, he had to sit beside Heidi, who was ready to begin the tale. With great animation Heidi read the story of the prodigal son, who was happy at home with his father’s cows and sheep. The picture showed him leaning on his staff, watching the sunset. “Suddenly he wanted to have his own inheritance, and be able to be his own master. Demanding the money from his father, he went away and squandered all. When he had nothing in the world left, he had to go as servant to a peasant, who did not own fine cattle like his father, but only swine; his clothes were rags, and for food he only got the husks on which the pigs were fed. Often he would think what a good home he had left, and when he remembered how good his father had been to him and his own ungratefulness, he would cry from repentance and longing. Then he said to himself: ‘I shall go to my father and ask his forgiveness.’ When he approached his former home, his father came out to meet him–“

“What do you think will happen now?” Heidi asked. “You think that the father is angry and will say: ‘Didn’t I tell you?’ But just listen:
‘And his father saw him and had compassion and ran and fell on his neck. And the son said: Father, I have sinned against Heaven and in Thy sight, and am no more worthy to be called Thy son. But the father said to his servants: Bring forth the best robe and put it on him; and put a ring on his hand and shoes on his feet; and bring hither the fatted calf and kill it; and let us eat and be merry: For this my son was dead and is alive again; he was lost, and is found.’ And they began to be merry.”

“Isn’t it a beautiful story, grandfather?” asked Heidi, when he sat silently beside her.

“Yes, Heidi, it is,” said the grandfather, but so seriously that Heidi quietly looked at the pictures. “Look how happy he is,” she said,
pointing to it.

A few hours later, when Heidi was sleeping soundly, the old man climbed up the ladder. Placing a little lamp beside the sleeping child, he watched her a long, long time. Her little hands were folded and her rosy face looked confident and peaceful. The old man now folded his hands and said in a low voice, while big tears rolled down his cheeks: “Father, I have sinned against Heaven and Thee, and am no more worthy to be Thy son!”

The next morning found the uncle standing before the door, looking about him over valley and mountain. A few early bells sounded from below and the birds sang their morning anthems.

Re-entering the house, he called: “Heidi, get up! The sun is shining! Put on a pretty dress, for we are going to church!”

0 respuestas a “Heidi y el Llamado del Hogar que el Alma Anhela”

  1. Avatar de Andrea
    Andrea

    ¡Qué preciosa reseña/reflexión de esta historia! Todo fue hecho para Jesús, aún nosotros mismos, y por eso TODO nos llama a Él.

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